Uber nació en 2009 de la mano de Travis Kalanick y Garrett Camp como una aplicación para pedir coches de lujo en San Francisco. En pocos años, se convirtió en una plataforma global presente en más de 70 países, con millones de conductores y usuarios.
Ese crecimiento estuvo marcado por la determinación de Kalanick, pero también por una lógica de confrontación permanente. Uber desafió a taxistas, reguladores y gobiernos, mientras dentro de la compañía se consolidaba una cultura de presión extrema, secretismo, obediencia y tolerancia hacia comportamientos inapropiados.
Las señales de alerta fueron acumulándose: tácticas para esquivar controles regulatorios, el uso del software Greyball para bloquear a autoridades en ciudades donde el servicio no estaba autorizado, acusaciones de espionaje a periodistas críticos, denuncias de acoso sexual y discriminación, investigaciones internas, despidos y un video en el que Kalanick aparecía discutiendo de forma agresiva con un conductor.
En 2017, la presión de los inversores hizo insostenible su continuidad. Para el consejo, el problema ya no era solo reputacional: el estilo de liderazgo de Kalanick se había convertido en un riesgo para la propia empresa. En junio de ese año, renunció como CEO.
Uber no desapareció, pero tuvo que reconstruir su reputación, reformar su cultura y profesionalizar su gestión. Kalanick había creado una empresa capaz de cambiar el transporte urbano, aunque también un entorno donde su personalidad y sus métodos terminaron siendo una amenaza interna mayor que cualquier competidor.